
EL RECUERDO
A Julia Pertusa, a sus padres.
El recuerdo,
como una nube,
puede diluirse en un cielo infinito,
no ser de nadie,
evaporarse, desaparecer
hasta llegar al tuétano de los olvidos
o concentrarse en un breve rincón del espacio,
estar presente
y ser de todos
posando en una conciencia tan fértil
como un hermoso valle
que lo sustente.
Y, entonces, llover,
llover a medida que a esa nube
se van uniendo otras en multitud,
y nace una flor donde sólo había silencio,
una flor en la memoria,
porque el recuerdo, último patrimonio
de quien desea llegar a nosotros, necesita
de la presencia...
y ahí está Julia,
la niña Julia que infla globos dentro de un macetero
tan grandes como el sol,
y que tiene la sonrisa temprana de las flores
y los ojos de ventana abierta a la luz.
Para Julia cielos anaranjados,
palomas de alas blancas,
rosas sobre el semblante del agua.
Sus mejillas rozan el aire
para no romperlo
porque el cielo es la urna
de los globos, almas de colores
que nos nutren los ánimos
anhelando justicia de lo arrebatado.
Junto al león fiero de la tempestad,
Julia, arropada de abrazos hasta el alma,
tu corazón empuja tejido en el borde de las olas.
José Luis Navarro Vallejo